Aramusa28

Sobre Arte y algunas de sus manifestaciones

Leyendas de una bijirita a la que le faltaba un ala.

sin-titulo-1Capítulo 1:

Domingos sin mamoncillos

Restriega, restriega obsesionada con ese pequeño florero de loza cuarteada y vieja, tratando de arrancarle aquel olor de agua de muerto y tierra seca que impregna todo el entorno en  sus  habituales mañanas de domingos de llanto y cementerio, como oración obligada.

Era como un castigo inmerecido ese sol que “rajaba las piedras” y las cabezas, que subían la loma del camino al cementerio. Los odiaba… los domingos.

¡Tantos domingos! ¿O eran menos? ¿O más? No recuerda. Sólo recuerda ese olor de agua de muerto que desprende la loza usada donde se conservan las flores que se colocan encima de las tumbas de alguien como ofrenda vanidosa de los que se quedan pues los que se han ido ya no huelen…ese olor.

— ¡Qué calor!

— Sí.

— Siempre hace calor los domingos.

— Sí.

— No me gustan los domingos… son lápidas tristes.

—Sí.

Sigue restregando, pero igual, no se desprende, como si al hornear ese florero común, ridículo, junto a otros miles, hubieran avivado la hoguera con huesos de muertos empecinados que no quieren irse.

Se cansa o más bien se obstina, no llora, no puede. Está harta de restregar los restos de huesos de muertos impregnados en un maldito florero cada domingo. No lo dice. No lo puede decir porque ahí está la abuela llorando o forzándose un llanto cada domingo que necesita derramar para limpiar una culpa que cree tener  y que no tiene, pero no lo sabe. Pobre abuela.

También están las tías que no se sabe si lloran por su fealdad, (son feas…y torcidas) ante la tumba de la única bonita de la familia que se fue sin darles tiempo de preguntarle (se fue muy temprano) por qué, siendo hermanas, ella era tan linda y derecha y con pestañas tan largas y ellas… con pestañas tan cortas. Pobres tías.

Piensa, o mejor, recuerda los días cuando las flores estaban vivas y se reían (todos) y comían mamoncillos en el patio de la abuela… y del abuelo, que ya no cuenta y ni siquiera comió mamoncillos. Ellas reían, contaban cuentos de guajiros y fantasmas y reían. Todas.

Su madre, hija de la abuela y hermana de sus tías, solía hacer todo el  ajuar de la niña  de cada domingo, con telas vivas e incrustaciones  de flores o mariposas y rizados de tules llenitos de colores que respiraban y  cuentas y lentejuelas heredadas de todas las abuelas y de todas las tías que querían ser bonitas.

Después, la llevaba de la mano, exhibiendo oronda a su niña como a su muñeca, pues todavía su ingenuidad de  madrecita de pueblo sano, le conservaba la inocencia para juegos de muñecas…sus últimos juegos antes de que el calor subiera la loma.

Eran domingos de iglesia y de cantos y de amor y olían dulce como huele la vida cuando no se ha muerto y no se sabe bien el significado de crucifixión alguna. Eran días de fe alegre.

“Es mi princesa” – decía su madrecita riendo oronda  – y todo olía entonces a naranjas hermosas, ultra redondas, bañadas  por las caricias de la lluvia que brotaba a cántaros, alegre de ser útil a la tierra fértil que paría alivio a los humildes.

Disfrutaba adornando la cabeza  de su niña  formándole  “tirabuzones” (así se decía a los bucles en su región) con aquella buclera de aroma de madera de cedro que aún conserva como un tesoro antiguo desde su valor íntimo, por haber dormido siestas en las manos de la madrecita buena de pestañas largas.

Los conformaba con sus hebras doradas y largas uno a uno, para rematar la obra  en su coronilla con una pluma rosada, como aquel día que la disfrazó de bailarina  con zapatillas y todo, haciendo recordar a una bailarina francesa salida de una pintura de “Moulin Rouge” de aquel genial  Tolouse Lautrec (aunque sólo sabía de él por una revista prohibida para mujeres que vio en la casa de una amiga)

Eran los días de loza nueva y amistosa conque se tomaba café con leche en las meriendas vespertinas y se mojaban los “panqueques”  a la usanza de la gente sencilla del área rural donde nació, cuando todavía no había ese olor a flores muertas y a domingos de loza cuarteada, de sol ardiente con tierra seca  y rezos tristes de la abuela y las tías, como un mantra negativo de la ignorancia.

Fue un domingo cuando la llevaron a enterrar por el camino de la loma hacia el cementerio y todos lloraban junto a las tías y la abuela, que lloraba más que todos…por la culpa. Se les rajaban las cabezas bajo el sol ardiente y el olor a tierra seca era más fuerte que nunca, insoportable, pareciera de siglos sin agua de vida. Era el llanto de la justicia por las madrecitas que se van con pestañas largas que todavía no se caen. No era justo. Demasiado pronto. … al menos para la hijita.

Aún ahora, la niña agradecida, besa el retrato que conserva de ese día, como si con ello lograra volver a las zapatillas, a la risa y a los mamoncillos. Se le agua la boca.

— ¡Qué calor!

— Sí.

— Calor de sol ardiente de domingo.

— Sí.

— De sol que raja las cabezas… y el alma.

— Sí.

— No me gustan los domingos… son lápidas tristes.

— Sí.

— Hace falta que llueva… y que moje la tierra seca.

— Sí.

— Y nazcan naranjas frescas.

—  Sí.

— Voy a sembrar un mamoncillo.

 

Ana Luisa Rubio

10/septiembre/2016

 

 

 

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